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Estudiante liberal de economía, anarcocapitalista, antiizquierdista, narrador y poeta también.

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jueves 23 de septiembre de 2010

A propósito de las elecciones en Suecia (I): la ultraderecha


Escandalizada, como gran parte de la sociedad escandinava y todos los defensores a ultranza de la democracia, mi maestra de sueco nos informó con pesar lo más relevante de las recientes elecciones en Suecia: no es el hecho de que la derecha tradicional, Alliansen (La alianza), haya sido reelecta por primera vez en la historia de dicha nación, sino que al riksdag, el parlamento, ha llegado un partido llamado Sverigedemokraterna (Los demócratas de Suecia) con el cinco por ciento de la votación y veinte diputados. Lo preocupante, se comenta, es que el partido en el poder no ha logrado la mayoría absoluta en el parlamento y las fuezas de la izquierda, conocidas como los rödgröna (rojos-verdes), compuestas por Socialdemokraterna, el partido socialdemócrata sueco que ha gobernado prácticamente desde siempre, Vänsterpartiet, el ex partido comunista de Suecia, ahora conocido sólo como el partido de izquierda, y Miljöpartiet, el patido del medio ambiente, han seguido perdiendo escaños, por lo que quienes decidirán el destino de las políticas del país serán los radicales del SD.

En efecto, la gran sorpresa es que los demócratas suecos han obtenido un resultado histórico a pesar de las críticas que se le han hecho dentro y fuera de Suecia. Como es bien sabido, aquel país ha sido un exponente de la socialdemocracia europea y del estado de bienestar. Tal y como ya se ha mencionado, salvo por breves periodos de gobiernos conservadores, Suecia ha sido territorio socialista a lo largo de su historia democrática. Más allá de los excesos propios de un estado sobredimensionado, de la pesada carga tributaria que recae sobre las personas, un par de recesiones y el asesinato de Olof Palme, el mártir de la izquierda sueca, no ha habido en aquel país mayores sobresaltos. Si la tradición de Suecia es más que nada democrática, ¿por qué la llegada de un nuevo partido al parlamento causa tanto escándalo?

La imagen al inicio de este artículo nos podría dar una pista. Desde su creación, el SD se  ha caracterizado por campañas nacionalistas. Bevara Sverige Svenskt significa Mantén sueca a Suecia, una clara referencia a su repudio por la elevada inmigración. Que haya un mayor número de inmigrantes en Suecia significa la pérdida de la identidad y de los valores suecos. El inspirado multiculturalismo sueco - profesor Hubert Farnsworth, de Futurama, dixit - es para los miembros del SD algo que atenta contra las raíces del país, la escencia mística de Suecia, la svenskhet - algo así como lo sueco, la "suecosidad" (!). Tal y como lo dicen ellos mismos en sus documentos básicos, "dentro de esta región encontramos que una enorme inmigración ha venido a amenzar de forma seria a la identidad nacional sueca y la unidad del país" y continúan diciendo que es gracias a este fenómeno que han aumentado la criminalidad, la marginación, los problemas entre diversos grupos de la sociedad, lo que se ha traducido, además en altos costos para la economía. La respuesta a estas cuestiones pasa por crear una política restrictiva a la inmigración.

Sorprende porque la sociedad sueca, tranquila y hasta gris en materia política, ha puesto de manifiesto una de sus mayores preocupaciones. Cierto es que la propuesta de los miembros de este partido puede ser considerada hasta racista, pero también ha quedado claro en estas elecciones que algo que a los suecos les molesta es la política migratoria relajada que se tiene el país. Uno pensaría que en la patria donde se creó la figura del ombudsman las posturas radicales quedan relegadas a pequeños grupos no representativos, pero al parecer es en momentos de crisis que  la radicalización se vuelve evidente. No es de extrañar: Suecia es un país que desde los años setenta, como veremos en un artículo posterior, ha creado un estado de proporciones absurdas con tal de maneter vivo el mito del modelo escandinavo. El resultado del estado de bienestar en el largo plazo es una ineficiencia enorme que se ha caracterizado por la dificultad en la creación de nuevos empleos. La respuesta nacionalista, aunque vulgar en su misma concepción, es sencilla: ¿por qué mantener a los inmigrantes si ya de por sí nosotros tenemos una de las presiones tributarias más altas del mundo?, ¿es eso justo?, ¿para quién deben ser los beneficios de nuestro sistema de bienestar?

La incompetencia del estado para solucionar los problemas cuando se desata la crisis genera la polarización de la sociedad. En este sentido, no debería sorprender que, como ya ha ocurrido en muchos otros países, posiciones alejadas del centro político tomen relevancia temporal en la opinión pública. Afortunadamente en las sociedades desarrolladas, para ponerlo en términos keynesianos - quizá sólo así entiendan muchos -, existe una menor propensión marginal al autoritarismo. La oleada de los demócratas suecos puede no ser tan grande como se piensa, al menos en el largo plazo.

VI GILLAR OLIKA


Nos gustan diferentes es el eslogan de una nueva campaña que, hoy por hoy, ha tenido una gran repercusión en el país, diversos medios de comunicación y, claro, en las redes sociales. De älskar att hatar, ellos aman odiar, dicen muchos en referecia a los demócratas suecos, quienes ya son vistos como racistas y parte de la nueva oleada de la ultraderecha - tanto así que muchos progresistas ya los han emparentado con los miembros del Tea Party estadounidense, un movimiento espontáneo y pacífico, algo radical, algo populista tal vez, que se creó como respuesta a las medidas económicas empredidas por Obama.

¿Qué es la ultraderecha? Ésa es, quizá, una de las preguntas metafísicas a las que la humanidad no podrá responder jamás. La retórica de la izquierda se ha encargado de crear el mito de la ultraderecha y su relación con el fascismo y hasta en nazismo. No obstante, tal y como Hayek nos advertía en Camino de servidumbre, las raíces del autoritarismo están contenidas en el ideario socialista. Lo verdaderamente importante no es la geometria tan simplista que a la que la progresía sigue atada, sino la contraposición que hay entre la libertad individual y el colectivismo. Es este último el verdadero enemigo de las sociedades.

Después de un comercial en el que se muestra a una jubilada sueca yendo por una pensión que después es acaparada por un grupo de mujeres musulmanas, la reacción de la sociedad y de los medios de comunicación ha sido de censura, lo que no es más que una clara muestra de la intolerancia típica y supuestamente legítima de las clases progresistas. Si el ideario de la democracia liberal se siguiera sin restricciones no debería de existir, por ningún motivo, censura a las diferentes opiniones, sea cuales sean, sin importar la ideología vertidas en ellas. Lamentablemente el ascenso de la corrección política a todos los ámbitos de la vida contemporánea ha terminado por erosionar una de las libertades más básicas que tienen las personas.

No se trata, en todo caso, de defender el programa intolerante de un partido nacionalista que sigue atado a la idea absurda de la identidad - por cierto, la identidad compete únicamente a los individuos, no a las colectividades. Se trata de poner en duda el argumento de muchos que tienen el fetichismo progresista de la democracia. Curiosamente si un partido extremista de izquierda llega al parlamento no hay tal alarismo, incluso se le aplaude. Entonces, la pregunta es si la libertad de expresión, por más incómoda que ésta pueda ser, debe ser coartada en algunos ámbitos. Adelanto la respuesta: jamás.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

NO HAY ALARMISMO POR QUE LA IZQUIERDA FORMA PARTE DEL SISTEMA, COMPARTE EN DEFINITIVA UNA SERIE DE "VALORES" COMO LOS QUE EXPRESAS VOS (SALVO EN ECONOMIA Y HABRIA QUE VER...). PARA ELLOS LA IDENTIDAD TAMBIEN ES UNA IDEA ABSURDA.

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