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Estudiante liberal de economía, anarcocapitalista, antiizquierdista, narrador y poeta también.

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miércoles, 12 de enero de 2011

El verdadero significado de la libertad

Hace un par de días recibí de un compañero de la Facultad de economía de la UNAM una respuesta a mi texto ¡Libertad!™, que como es bien sabido ganó el primer lugar en la categoría de ensayo del segundo concurso Caminos de la libertad para jóvenes. Me pareció pertinente responderle por este medio, ya que el comentario de dicho compañero es algo extenso y el estilo con que está escrito sugiere que puede ser leído por más personas. Así pues, Guillermo comienza diciendo:

Quién es el latinoamericano legítimo. Como pregunta que se plantea alguien en un ensayo, reconocido suficientemente por una fundación burguesa como para otorgarle el primer lugar. Lamento usar la palabra burguesa para calificar los intereses, seguramente nobles, del Grupo Salinas, así como también lamento que pueda causar cualquier sentimiento de indignación ante la comprensión del argumento principal de dicho ensayo. Pero no puedo dejar pasar la oportunidad para  plantear  la cuestión de la legitimidad latinoamericana, con respecto a la realidad actual, ahora que el ensayo cuestiona la legitimidad que denota el concepto de libertad.

El punto de partida de su argumentación es mi cuestionamiento hacia la verdadera naturaleza de la identidad latinoamericana, aunque quizá llama la atención el adjetivo con el que se califica a una empresa privada. Quizá lo menos importante en este caso sea la terminología que se ha elegido, si bien ésta denota el enfoque desde el cual el autor ha esgrimido su crítica. Lo que de verdad interesa, al menos por el momento, es el distanciamiento a mi argumento principal. Esto es que la identidad latinoamericana  - y de cualquier sociedad - es una idea abstracta que únicamente le compete a los individuos y no a lo colectivo. 

Lo que sea burgués es ahora un problema, porque así se representa en la colectividad y en los sentimientos de identidad oprimida de los latinos. Reconozco que la primera impresión que me causo (sic) esta idea fue la de un enredo. Es muy fácil confundir la realidad entre tantos colores atractivos, formas, diseños, olores, sabores y sensaciones que nos llevan a pensar infinidad de cosas, donde siempre cabe algo más y faltan miles de argumentos. Pero también por eso, me parece que es necesario hacer una valoración inicial sobre la cuestión a tratar. Se busca comprender un movimiento real de la sociedad, específicamente sobre la cuestión de la libertad de los individuos, como seres sociales, y por tanto del significado de la libertad colectiva.  Si ese es el objetivo podemos proceder.
Lo que resulta pertinente destacar es que se parte del supuesto de que la libertad no es individual, sino coelctiva. Esto es un argumento bien conocido en la tradición marxista y, por tanto, socialista. Se trata de la comprensión del hombre no como ser individual, sino como ser colectivo. Que el hombre es un ser social, de eso no hay duda. La diference entre el enfoque liberal y el marxista es la comprensión del lugar que una persona ocupa en una sociedad. Para tales efectos, Karl Marx se desmarcó de la visión convencional y construyó gran parte de su teoría bajo la idea de un ser colectivo y no una colectividad que se compone de la sumatoria de diferentes individuos. El problema de este enfoque es que, desde un principio, anula toda posibilidad de que los hombres pueden definirse a sí mismos. Es decir que no hay espacio para un yo único e indivisible, pues éste pasa a formar parte de una totalidad de la que ya no es posible hacer abstracciones adecuadas.

¿Por qué los liberales defendemos el individualismo? No es por meras cuestiones económicas, evidentemente. En su magistral Camino de servidumbre, Friedrich Hayek nos advertía que favorecer al espíritu colectivo por encima del individual supone legitimar la ruta perfecta hacia la esclavitud. Si los liberales se centran en los individuos es porque los fundamentos de la ética emanan del ser individual y, de la misma manera, los derechos naturales tienen sentido sólo si se los comprende bajo la visión de un hombre que no está sometido a una voluntad colectiva. De esta manera, las sociedades no podrán ser libres si primero sus individuos no lo son. Pensar que la libertad opera desde un ámbito abstracto es un error intelectual que se ha traducido en una de las mayores tragedias de la sociedad.

La libertad individual es innegociable en una soecidad que se dice libre. De ahí que Ludwig von Mises dijera que el socialismo es la ideología que tiene como objetivo negar al individuo. Y tal como él estableció: "Freedom is indivisible. As soon as one starts to restrict it, one enters upon a decline on which it is difficult to stop".

Primero podríamos adentrarnos en toda una larga historia filosófica sobre la cuestión del significado contundente del término verdad, para saber que es lo que significa que algo sea real.  Podremos así intentar violar de diferentes modos cada letra que vallamos (sic) a usar, hasta conocer la esencia de su movimiento y la divinidad de su gracia para poder explicar algo en el maravilloso proceso de pensamiento que tiene el ser humano. Con lo cual, de paso, no resistiremos las ganas de explorar lo que significa ser algo, y hacer un balance finísimo sobre la cuestión del pensar, del alma y por que no de la moral, y de lo que sentimos cada vez que actuamos y contactamos el medio que nos rodea. Podremos finalmente, proponer que somos uno con el todo y que solo así se consigue la verdadera paz.  Pero me parece, que en ese caso la realidad nos insultaría por todos los sentidos en que podamos contactarla e incluirla en nuestras ideas, y terminaría por pisotearnos el cráneo hasta volvernos al polvo, ya que no habremos comprendido nada. Ahora bien, también podríamos intentar explicar dicha realidad a partir de los acontecimientos actuales de toda índole teórica. Como hace nuestro ensayista al señalar el celebre complejo del derrotado, y donde poco falta para mencionar los aires de mesías y sueños que ansían los latinos. Dicho comportamiento puede estudiarse en el campo de la sociología y es un acontecimiento real. Y una vez más, sin entrar en interesantes debacles  (sic) filosóficos, las personas sabemos lo que es real por que vivimos, aprendimos y nos expresamos. Por el momento, cualquier persona que tenga que trabajar, o acelerar su muerte para sobre vivir, es decir para comprar alimento, por mísero que sea, comprende la realidad sin necesidad de explicársela nadie. Yo en lo personal lo he comprobado, y le concedo ese reconocimiento a cualquier beodo, prostituta, drogadicto, ratero, pobre de solemnidad, bandido, pordiosero, desterrado, holgazán, peregrino, y desde luego a los poetas, tal como lo hizo Rubén Darío.     
A riesgo de parecer pedante, me atrevo a decir que este fragmento es más un ejercicio barroco de retórica que una verdadera argumentación. Incluso la referencia a Rubén Darío sobra, aunque la puedo entender en el marco de las menciones que yo hago sobre diversos escritores latinoamericanos en mi ensayo - en donde, por cierto, figura Roberto Bolaño, que de liberal tuvo poco y de socialista mucho, y que no por eso deja de ser uno de los mejores escritores latinos de los últimos años. Se puede rescatar, eso sí, la crítica a mi idea del complejo del derrotado que parecen tener los latinoamericanos.

Comprender esa realidad es el ejercicio que, me parece ha vendido el escritor del ensayo. Propone los comportamientos sociales y los analiza, como si fuera un trauma psicológico tratar de culpar  siempre alguien por la pobreza latina: propone que el sentimiento de opresión latinoamericano busca depositarse en otras naciones.  Y a mi parecer esto es una realidad a medias. Protegiéndose en los reconocidos Vargas Llosa y Karl Poper (sic), hace una reseña sobre la evolución del pensamiento socialista. No puede  faltar la venta de la imagen del Che como estereotipo de libertad y lucha revolucionaria, ni tampoco deja de lado los fusilamientos del tiránico, totalitario y sanguinario papel que jugó el insurrecto como director de la prisión la Cabaña. Definitivamente el escritor no puede ver que la historia de las sociedades humanas ha sido escrita con guerra, y trata de mostrarnos la lucidez de su pensamiento critico, con tintes de juez y amante de la paz social. El Che  seguramente le resulta un desgraciado asesino.  Por otro lado la recuperación económica de Chile después de Augusto Pinochet, con la vía democrática,  demuestra la efectividad que tienen  los individuos libres para salir adelante, sin guerrillas y con un estereotipo de emprendedor que no debe ser visto como villano, ni debe ser criticado por los inconscientes izquierdistas soñadores  que seguramente no conocen la realidad, con la misma sutileza con que la conoce nuestro autor.
Aquí hay varios puntos interesantes. El primero de ellos es que el autor de la crítica me adjudica a mí la idea de que el latinoamericano tiene una especie de trauma que lo hace sentirse víctima de la realidad. Es necesario hacer una precisión: en mi ensayo hago una crítica a la idea victimista de Eduardo Galeano, el escritor sentimental y socialista de Las venas abiertas de América Latina. Al mismo tiempo, vuelvo sobre la idea de que la identidad es algo que le compete a los individuos y no a las colectividades. La idea de América Latina como víctima no es, en sí misma, un trauma de todos los latinoamericanos, sino que es la idea que la intelligentsia, es decir los intelectuales que apenas un fragmento de la sociedad, ha reiterado durante buena parte de nuestra historia contemporánea. En este sentido, la crítica que se me hace parte una incomprensión a mi texto, ya que, por algún motivo, se me adjudica una idea que yo mismo condeno y que forma parte del imaginario propuesto por un segmento bastante reducido de la población.

Se me acusa de que no puedo ver que la historia humana ha sido escrita con guerra. No obstante, mi compañero vuelve a errar. Apenas al iniciar mi ensayo, establezco que tanto la historia europea como la latinoamericana tienen una tradición violenta que, no obstante, ha desembocado en dos escenarios diferentes. La violencia y las guerras ahí están y, de hecho, no son pocas mis críticas a los regímenes totalitarios de derecha. No obstante, como bien se da cuenta el autor de la crítica, el punto central de mi análisis es una revisión del legado opresivo del socialismo y de como éste se ha apropiado del discurso de la libertad. Un ejemplo de ello es el Che Guevara, a quien hoy se le rinde homenaje a pesar de haber sido un tirano.

Guillermo parece sugerir que yo justifico de alguna manera la dictadura de Pinochet en Chile. En realidad, lo único que digo es un hecho irrefutable que está exento de matices ideológicos y que se resume en la siguiente frase de mi ensayo: "El resultado es bien conocido: una recuperación económica ensombrecida por miles de desaparecidos y un régimen que se olvidó de las libertades sociales".

En todo caso, estos comentarios me hacen pensar si acaso mi compañero justifica de alguna manera las acciones violentas del Che sólo por el hecho de que la historia está escrita con sangre. Es por eso que lanzo la siguiente pregunta: ¿no acaso ambos buscamos una sociedad libre de violencia? Si es así, ¿entonces por qué seguir haciendo apología al terror? Esto los chilenos lo han entendido bien y, a pesar de todas las críticas que los liberales podemos hacerle a la Concertación, lo cierto es que los socialistas chilenos prefirieron dejar de lado su intransigencia ideológica y aceptar que, les guste o no, el sistema de libre mercado favorece al progreso de un país.

No es de esperar menos que aquí el autor quiera terminar. Antes de comprender efectivamente lo que significa la libertad, el autor propone que los individuos libres son la base de las sociedades prosperas. Reconocida frase. Desde luego que se refiere a la libertad de mercado. Y desde luego que su estudio sociológico no ahonda las conductas sociales. O si es que no he leído bien, por favor mencionen cuales es la posición del autor sobre la conciencia o sobre el desarrollo de la personalidad en la infancia de la sociedad latinoamericana, y cuales son las condiciones económicas en que los niños sobreviven, los gustos a los que son estimulados y la moral con que han de enfrentarse cuando son adultos. Al respecto el autor sólo menciona el descabellado plan del pensamiento socialista. A mi parecer esa es una de las únicas opciones que quedan cuando vives en la realidad y debes enfrentarla. Y eso sólo cuando has logrado superar los deseos e impulsos sociales de conseguir una buena vida, lo que significa tener la capacidad de consumir más y aburguesarse, sin temor ni disculpa por la palabra.
Habría que entender que un ensayo que está destinado a un concurso no puede extenderse infinitamente. El límite eran diez páginas a doble espacio con tipografía Arial 12. Por lo tanto, se hace necesario condensar lo más posible el tema y ceñirse al mismo. Si el tema era la libertad e independencia, no tendría sentido irse por las ramas y comentar aspectos puros de la economía.

Sobre el desarrollo de la consciencia y la infancia, me parece nuevamente que esto le compete a los individuos y que va más allá del alcance de un mero estudio de filosofía política. De hecho, gran parte de este argumento raya en la demagogia y que apela a los sentimientos. La cuestión de la distribución del ingreso y de las oportunidades es otro tema que puede desarrollarse en otros ensayos que no estén acotados por una temática establecida en una convocatoria.
El debate es, en efecto, o libertad individual o colectivismo. Lamentablemente, mi comapañero, como sucede con frecuencia, no es capaz de hacer una diferencia adecuada entre la ética y la moral. La primera es universal, mientras que la segunda es personal y, por tanto subjetiva. El autor de la crítica parece estar en contra del espíritu burgués, lo cual es totalmente legítimo para el ámbito privado, pero que no puede extrapolarse a una sociedad. El tirano es aquel que impone su moral a los demás. Quizá lo haga con la mejor de las intenciones, pero no entiende que está violando el principio ético y universal de la no agresión. Así, condenar los gustos burgueses es análogo a decirle qué leer o qué escuchar a una persona. Nadie quiere que un ser gobierne sobre sí mismo, sobre sus gustos, preferencias, deseos y sentimientos. ¿Por qué, entonces, para los colectivistas es legítimo el querer anular la voluntad?

Para mí, una sociedad prospera, es aquella en que todos los individuos tengan la oportunidad de trabajar, comer, desarrollar sus capacidades y vivir. Esas condiciones, que implican que todos trabajen según su capacidad y obtengan por ello según su necesidad, representan la base de la libertad. Solo así los individuos podrán ser verdaderamente libres. Y no trato con ello de defender las posiciones políticas de ningún partido o gobierno actual, ya que en los hechos y con las capacidades que tiene para actuar de tal forma, se refleja algo distinto. Para mí esto puede ser un poema, pero no es una utopía, ni  un proyecto a emprender, ni mucho menos y en ningún sentido es una idea, la idea es solo la parte intangible que te ayuda a decidir. La construcción de este poema es la realidad sin más. Y se esta trabajando mientras acá escribimos. Ojala eso sirva de algo. Pero no. Sólo ayuda con el primer paso, la revolución individual para romper con lo individual. Ayuda a comprender que puede existir una libertad colectiva y una posibilidad de cambio, que tal es, a mi parecer el legado de Marx: demostrar que existe una posibilidad de cambio.

Aquí hay un punto de acuerdo, mínimo pero esencial: el deseo por una sociedad con igualdad de oportunidades. Sin embargo, los colectivistas van más allá y proponen la igualdad de resultados, que no es más que una pretensión injusta y tiránica, que por su propia naturaleza se opone al desarrollo de las personas. La sentencia marxista "de cada cual según su capacidad; a cada cual según sus necesidades" supone poner por encima de la libertad a la justicia social. El problema de esto es bien conocido: una sociedad que pone la igualdad por encima de la libertad acabará sin igualdad ni libertad. Esto es así por lo que Mises nos advertía: el destruir aunque sea un pequeño trozo de libertad implica caer en un declive del que es muy difícil salir. La libertad, entonces, se logra cuando se defienden los derechos naturales del hombre: la vida, la libertad y la propiedad. Y no hay otra manera de defenderlos que respetando el principio de la no agresión: nadie puede iniciar el uso de la fuerza sobre otra persona. La propuesta colectivista viola este principio ético y universal en favor de una supuesta igualdad.

Es curioso, por cierto, la manera en que mi compañero contradice todos sus argumentos: la revolución individual para romper con lo individual. Aquí deja en claro algo que los liberales han dicho desde hace ya varios años: el punto de partida es el individuo, incluso la rebelión contra sí mismo. Esta revolución, a decir de él, no tendría sentido si no empieza desde el individuo.
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miércoles, 5 de enero de 2011

Las leyes contra los vicios y el supuesto dogmatismo liberal

Hace poco, a propósito de la obra de Vargas Llosa y sus posiciones políticas, escuché de Jesús Silva-Herzog Márquez, un intelectual mexicano, que el pecado de los liberales está en su maniqueísmo y dogmatismo economicista. Se refería, sobre todo, a la visión que el escritor peruano tiene sobre las drogas y el combate a las mismas. Como un liberal que se precie de serlo, Vargas Llosa está a favor de legalización de todas las drogas, simplemente porque su consumo, que emana de los derechos naturales, compete únicamente al individuo y, por lo tanto, que un tercero, en este caso el Estado, le impida decidir qué hacer con su cuerpo implica necesariamente la coerción. Silva-Herzog acusaba a Vargas Llosa y a lo liberales en general de creer ingenuamente que la legalización de las drogas solucionará el problema del narcotráfico. Ante eso, un panelista del programa, Ricardo Cayuela de Letras Libres, respondió acertadamente que el problema va más allá de lo que tiene o no que hacer el Estado, pues se trata de un debate filosófico y ético.

Hay mucha razón en este último argumento y es sobre todo importante para analizar las repecusiones a nivel legal y económico. Hoy en día son muy populares las leyes que se crean con el fin de volver del ciudadano una persona más saludable y virtuosa. Recientemente en España se aprobó una ley antitabaco que prohíbe fumar en espacios cerrados y en algunos abiertos. Esto lo conocemos los mexicanos de sobra y, además, ahora las empresas se ven obligadas a poner en las cajetillas de cigarros imágenes de cuerpos en descomposición para así alertar a la población. O las leyes antigordos con las que, prohibiendo que en las escuelas se venda comida chatarra, se pretende que no haya más obesidad. Por otro lado, aquellos que defienden estas medidas suelen escudarse bajo una serie de argumentos: 1) es deseable que la gente sea saludable y que el Estado vele por eso; 2) fumar afecta a los no fumadores y, por lo tanto, se está violentando a un tercero; 3) en los países avanzados ya hace tiempo que se aplican estas medidas. Todas son falacias.

En cuanto al punto 1), es un hecho que en un mundo ideal todos seríamos sanos. No obstante, como ya se dijo anteriormente, que el Estado haga uso de la fuerza para impedir una acción que le compete sólo a un individuo es violentar el principio de la no agresión. Este es un punto que difícilmente admite discusión. Aquellos que insisten desconocen por completo la diferencia entre la moral, que es algo subjetivo y personal, y la ética, que es universal y que descansa sobre la no agresión a los derechos naturales. Imponer una moral sobre un tercero es trastocar ese principio.

Sobre el punto 2) no es difícil advertir que se cae en la falacia del falso dilema. Por una parte, el Estado que prohíbe fumar está violentando a un individuo. Del mismo modo, aquel que fuma en un espacio cerrado está afectando a un tercero. Por el contrario, los antiliberales y todos los prohibicionistas no entienden que vulnerar la propiedad de las personas - el cuerpo mismo - es siempre violencia. En una sociedad el mercado se encarga de generar diversas posibilidades para solucionar estos conflictos. Aquellos no fumadores que antes asistían a locales donde se permitía fumar aceptaban implícitamente estar en un ambiente lleno de tabaco. Por otro lado, así como nadie quisiera que el Estado dijera qué es lo que no se debe hacer en la casa de uno, el empresario pero sobre todo los individuos se ven vulnerados por las leyes que pretenden crear buenos ciudadanos. De ahí que los liberales vean con recelo los derechos positivos, que son todos aquellos que favorecen discrecionalmente a un grupo determinado.

El punto 3) es una falacia del tamaño de una catedral. Los países más avanzados y en teoría liberales pueden tener leyes represivas fundamentalmente porque el Estado por definición se opone al individuo.

El debate respecto a la prohibición del vicio no es sólo económico, aunque mucho hay de eso. Las políticas que intentan castigar los productos como el alcohol, el tabaco y - supongamos - las drogas por la vía de los precios, además de ser violentas, tienen efectos negativos sobre la economía. Los impuestos al tabaco y al alcohol, que en teoría buscan desincentivar el consumo, no toman en cuenta en su totalidad dos cosas. La primera es que estos bienes son muy inelásticos, por lo que un aumento en los precios no reducirá en gran medida su demanda. Esto se ve con buenos ojos respecto a la recaudación, pero es aquí donde aparece el segundo punto: que todas aquellas políticas que distorsionan los precios, la información económica, se traducen en mercados negros. Suena extremo pero no lo es. En México y muchas partes del mundo se venden cigarros por separado en las calles o en las tiendas pequeñas, precisamente por las demandas individuales son tan inelásticas que los consumidores seguirán buscando estos productos. El mercado ha creado una solución que no era deseable y que no se hubiera dado en un contexto de libertad.

¿Tiene razón Silva-Herzog al decir que la legalización de las drogas no eliminaría el problema del narcotráfico? No del todo. El tráfico de drogas responde a la prohibición en numerosos países y a que, no importa lo que haga el Estado, siga existiendo demanda. Lo más probable es que estos problemas serían mucho menores si los vicios fueran legales. Claro, el libre mercado no crea sociedades perfectas porque los individuos no pueden serlo. Tal y como decía en el mismo programa Carlos Elizondo Mayer-Serra, a quien conocimientos de economía no le faltan, el problema de ciertos bienes es que generan externalidades negativas. ¿Cómo se combaten las externalidades? Hay tres opciones principales: impuestos pigouvianos, internalizando las externalidades y creando mercados. Se ha demostrado que las últimas dos opciones son las más eficientes.

No es que los liberales sean maniqueos o dogmáticos. El problema real es la incompresión de muchas personas, intelectuales y académicos incluidos, de aspectos fundamentales de la ética y la economía.
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viernes, 24 de diciembre de 2010

Cadena perpetua para Videla, gloria para Fidel Castro

 
El comunismo no es sólo la ideología que niega al individuo, sino también la que glorifica al autoritarismo, a los crímenes y a la represión. De alguna manera, a lo largo de la historia, los socialistas han sabido legitimar su proyecto y elevar a nivel de justicia la muerte y la pérdida de libertad. Todo lo opuesto al comunismo y a la izquierda es, para ellos, la raíz de todo mal. El capitalismo, el libre mercado, el empresario y los individuos son lo peor del género humano. Hoy en día, tras la guerra fría y el advenimiento de la democracia, son muchas las personas que, sin mayores motivos, detestan todo aquello que esté ligado al mercado. Esas personas, jóvenes y grandes, aceptan los males del capitalismo por un motivo estúpido: porque todo el mundo lo dice y porque parece legítimo denunciar algo que es innato a la naturaleza humana: el espíritu individual. 

Muchas son las formas que el hombre ha ideado para legitimar la represión. Todas ellas pasan por un punto clave: el colectivismo. Como nos decía Friedrich Hayek en Camino de servidumbre, no importa si hablamos de nazismo o de socialismo, pues de cualquier manera ambos regímenes comparten una misma esencia a la que los ideólogos agregan matices. El solo hecho de que un gobierno busque reducir la libertad de las personas es ya un acto de coerción. En ese sentido, no es relevante si de lo que se habla es de un dictador de derecha o de izquierda.

Lo que hasta ahora parece un pensamiento lógico e incluso justo - condenar el terror de ambos extremos -, no es para la mente de muchos intelectuales algo válido. El pasado 22 de diciembre, nuevamente, se le dictó cadena perpetua al exdictador argentino Rafael Videla. Durante su régimen, bajo la excusa de una guerra contra el terrorismo comunista, ocurrieron varias violaciones a los derechos humanos. De lo que más se habla es de los desaparecidos, de todos aquellos disidentes que, por el simple hecho de expresar su opinión en contra, fueron reprimidos. El así llamado Proceso de Reorganización Nacional, gestado como una respuesta al populismo peronista que había dejado en la ruina a un país que hasta antes era una de las potencias del mundo, se consolidó sobre todo bajo el mandato de Videla, si bien otros militares estuvieron implicados.

Para entonces el mundo estaba dividido en dos fracciones: los que apoyaban a Estados Unidos y lo que estaban con la Unión Soviética. Argentina, como bien se sabe, no fue un caso aislado. Apenas en América Latina, los dictadores más representativos fueron Augusto Pinochet en Chile, Velasco Alvarado en Perú, Rafael Trujillo en República Dominicana, y sobre todo Fidel Castro en Cuba. Automáticamente los dictadores anticomunistas fueron condenados, mientras que la revolución cubana y el programa socialista de otros dictadores fue aprobado por gran cantidad de intelectuales, políticos y demás gente de la sociedad civil. ¿Por qué fue esto así? Quizá porque el socialismo representaba una nueva alternativa que, gracias a la propaganda, logró consolidarse como legítima en la mente de muchas personas por el simple hecho de prometer cambiar al mundo y volverlo un lugar libre. Lejos estaban estos sujetos de entender el verdadero signficado de la libertad, pero eso poco importó: Fidel Castro y todos los dictadores de izquierda que tomaron la revolución cubana como un marco de referencia se habían vuelto héroes, sin importar la miseria, la censura y la represión en estos países. Lo hacemos por la revolución, decían, el camino es difícil pero valdrá la pena. Después de muchas décadas no sólo no hubo un avance en estas naciones, sino que se quedaron al margen del mundo.

A pesar de que la historia ha demostrado que los regímenes socialistas aplican sistemáticamente la represión contra los ciudadanos - Cuba, Cambodia, la Unión Soviética y Rumania son apenas ejemplos de esto -, existe aún la idea de que sólo son condenables los crímenes ejercidos por los dictadores que se oponen al socialismo. Para los liberales y especialmente para los anarcocapitalistas resulta difícil decir si es legítimo que desde el Estado se combata con mano dura a los grupos terroristas; para otros más es condenable y para muchos otros es lo que se debe hacer. Alberto Fujimori tuvo que valerse del autoritarismo y la represión para pacificar al país, y hoy paga por ello en la cárcel. Esto es lo mismo que Videla decía en su juicio y su destino ha sido el mismo que el del exgobernante peruano.

Está claro que si existe un grupo que ejerce la coacción, es completamente legítimo combatirlo. Que esto se extienda a todos los ámbitos de la sociedad no es admisible. El derecho a disentir es algo que una sociedad capitalista y libre garantiza. Las dictaduras anulan este derecho. Así suecedió en Argentina, pero sobre todo sucedió y sigue sucediendo en los países socialistas. Hoy en día son comunes los presos políticos en Cuba y en muchos otros países. 

El comunismo es el régimen que construye mausoleos a asesinos: Mao, Lenin, Ho Chi Min, entre otros descansan con todos los honores. Probablemente el destino de Castro sea el mismo. Mientras tanto, hoy en día la justicia se sigue aplicando sólo a un grupo, mientras que otro incluso presume sus crímenes. Lamentable.
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domingo, 19 de diciembre de 2010

Carlos Salinas, neoliberalismo y populismo

Hace poco el expresidente de México Carlos Salinas de Gortari, enemigo público número uno del país, publicó su más reciente libro, Demcracia republicana. Ni Estado ni mercado: una alternativa ciudadana, curioso título para una obra escrita por uno de los presidentes que los intelectuales de México y América Latina catalogan como neoliberal. Quizá lo más interesante no es el contenido de su ensayo, sino la reacción por parte de los medios de comunicación, los opinadores y los mexicanos en general. En algún punto de la historia el que era conocido como el presidente que había traído la modernidad al país, de pronto se convirtió en una figura que inspira un miedo metafísico en toda la población. De Salinas se dice que controla al país en las sombras, conspira contra los buenos políticos, impone a los presidentes, trajo el perverso neoliberalismo junto al nefasto TLC y, por si fuera poco, provoca terremotos cada vez que regresa a México. Los conspiranoicos no podrían estar más felices: su fetiche está de vuelta en los reflectores. Ahora se dice que la publicación de su libro no es más que una mera pantalla para que él pueda intervenir en las elecciones de 2012, apoyando quizá a Enrique Peña Nieto, actual gobernador del Estado de México. 

Periódicos tan lamentables como La Jornada, El Universal y Proceso (este último revista política) tienen centenares de artículos y cartones de moneros pronosticando el final de los tiempos. Furibundos articulistas expresan cuán peligrosa es la presencia de Salinas en el país y para eso recuerdan aquellas historias del fraude electoral y de la pérdida de la soberanía.

Hay algo de legítimo en toda esta molestia: durante la presidencia de Salinas por fin se estaba saliendo de una crisis, producto del populismo durante la década de los setentas y que en realidad se remonta a los tiempos del así llamdo desarrollo estabilizador, una etapa de gran crecimiento y baja inflación, periodo en el que las distorsiones en la economía real, provocadas en gran parte por un mal manejo en la política cambiaria y la falta de competitividad, fueron el motivo de un largo ciclo económico. Se decía que México, depués de aquellos momentos traumáticos, por fin estaba ingresando al primer mundo. Años más tarde, en diciembre de 1994, apenas finalizada la presidencia de Salinas, se hizo presente una de las peores crisis económicas, que además tuvo consecuencias a lo largo de Latinoamérica. El mito había caído y el liberalismo comenzó a caer en descrédito. Sumado a esto, la firma del Tratado de Libre Comercio supuso una polémica que hasta hoy subsiste como efecto del dogmatismo de los mexicanos, que ven en el campo al México profundo, a ese espacio que debería ser nuestro y de nadie más. Poco importa si después de más de una década de TLC el país ya sea mayoritariamente de clases medias y que en la actualidad es posible adquirir una enorme variedad de productos que antes no existía, a precios mucho más bajos que en el pasado.

Hace poco la reconocida escritora mexicana Sabina Berman entrevistó a Carlos Salinas en su programa Shalalá. Quizá es una de las mejores charlas que se han tenido con el expresidente. No porque Sabina sea especialmente brillante en temas económicos - en realidad ignora muchas cosas -, sino por la inteligencia de su discurso. Hablaron sobre todo del nuevo libro. En un momento ella le preguntó el porqué de ese título, ¿cómo era posible que Carlos Salinas se pusiera ahora en contra del libre mercado a ultranza? El expresidente, que no paraba de hacer comentarios sobre el malbec que estaban tomando, dijo que era necesario despojarnos de los dogmas del neoliberalismo y el populismo, para así construir una sociedad basada en la participación ciudadana. Es decir, no dijo nada relevante que no hayamos escuchado. Para Salinas el libre mercado irrestricto puso de manifiesto su naturaleza cíclica e inestable en la crisis de 2008, de tal modo que es necesario repensar la manera que se hace la economía, dotando a las políticas públicas de un sentido social sin caer en el neopopulismo de corte chavista. En pocas palabras, construir una economía social de mercado.

Sabina Berman, que siempre ha militado en la izquierda socialdemocráta, se burlaba de los conservadores norteamericanos, sobre todo de la gente que encabeza al Tea Party. Salinas, como era de esperar, le daba la razón. En un momento ella, haciendo gala de su desconocimiento de temas económicos, dijo a modo de burla "es que ahora los liberales dicen que el welfare es socialismo". Salinas, el neoliberal consentido de México, volvió a darle la razón. Ya lo decía Huerta de Soto, la definición marxista del socialismo es anacrónica y debe superarse. Hoy al socialismo se lo entiende como todo sistema de coacción en materia institucional, política y económica. El welfare, por más que economistas que han ganado el premio Nobel, como Amartya Sen, hayan hecho una apología del estado de bienestar, es hoy por hoy una de las caras del socialismo. La idea de John Rawls sobre la naturaleza de la ayuda que debe prestar el Estado es vulgar. Dice Rawls que, si las personas desconocieran de cuestiones legales o económicas, todo mundo apoyaría el welfare; por tanto Rawls concluye que no hay nada mal con las políticas redistributivas. Tal es el pensamiento que la socialdemocracia y los keynesianos han promocionado. Se olvidan Rawls, Amartya y toda la gente de izquierda, que las políticas redistributivas atentan contra algo más profundo: los derechos naturales, la propiedad y la libertad. El welfare es socialismo. Si es bueno o malo económicamente hablando, es otro tema.

La presidencia de Carlos Salinas, la de Ménem en Argentina y la de Fujimori en Perú son consideradas neoliberales porque, en mayor o menor grado, dieron inicio a una etapa más agresiva de desregulación, privatización y liberalización del comercio. Esto, no obstante, nubla la verdadera naturaleza del mal llamado neoliberalismo. Salinas tenía precios oficiales y un tipo de cambio artificialmente apreciado, algo que cualquier liberal condenaría. Es pecisamente la pretensión de los gobiernos por controlar la economía lo que genera las distorsiones que han de culminar en la crisis. Respecto al tema, Ludwig von Mises desarrolló muchos años atrás el teorema de la imposibilidad del cálculo económico en un régimen socialista, que bien puede extrapolarse a toda autoridad central que pretende dirigir los mercados - llámense bancos centrales y gobiernos que inciden en los precios.

Hay varios hechos irrefutables. La crisis de 1994 no fue, como insiste Salinas, consecuencia de la devaluación imprudente que Ernesto Zedillo anunció mal momento, sino la manifestación de una economía endeble que crecía por encima de sus posibilidades como efecto de las distorsiones y de una expansión artificial del crédito; la devaluación y posterior catarsis sólo fueron un reajuste necesario de una economía que por fuera parecía liberal y que por dentro se encontraba fuertemente manipulada. A pesar de la crisis, México es hoy un país más rico, con más poder de compra y con una estabilidad que no había sido vista en décadas. La crisis de 2008 no es consecuencia de la desregulación, sino del intervencionismo monetario.

El reto no es crear una economía social de mercado ni hablar de algo tan abstracto como la participación ciudadana. Ésta y las siguientes generaciones tendrán que seguir luchando por reivindicar la libertad, sobre todo ahora que la incomprensión de los economistas y la ignorancia de los intelectuales amenaza con traer de regreso las prácticas peligrosas que ya en algún momento de la historia demostraron que el intervencionismo es lo peor que puede ocurrirle a la economía.
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martes, 7 de diciembre de 2010

El caso de Wikileaks: ¿espionaje de Estados Unidos?

 
La reciente publicación por parte de Wikileaks de diversos documentos provenientes de los Estados Unidos pone de manifiesto una paranoia antiamericana que no es nueva. Desde que Estados Unidos se convirtió en potencia mundial y se estableció como la economía más importante, los victimistas de todo el mundo se han encargado de decir que la Unión Americana es, básicamente, la prinicpal amenaza para la humanidad, la enemiga de los pueblos, el imperio malévolo que busca establecer un nuevo orden. Sobre todo fue la guerra fría la que puso de manifiesto el poder de Estados Unidos y el pensamiento capitalista por encima de la Unión Soviética y el socialismo totalitario, que hasta antes era considerado como el sueño de libertad para muchas personas que jamás entendieron que, por su propia naturaleza, el colectivismo es la más terrible amenaza para el individuo. 

Naturalmente, Estados Unidos no está libre de pecados. Más que nada se le condena la pretensión norteamericana de sentirse el libertador del mundo. Las guerras, en muchos casos, suelen esgrimirse sobre el argumento de que las tropas son un mecanismo para devolver la libertad y las democracias a lo largo de los países. En Estados Unidos quien esté en contra de esta doctrina es visto como un aislacionista y antipatriota. No es raro que sea así y tampoco es del todo malo: todas las sociedades tienen sus vicios, algunos ridículos, otros estúpidos y muchos más resultan peligrosos. En muchos casos son conflictos estériles que tienen como consecuencia la muerte de inocentes.

Todo eso lo sabemos y lo condenamos. Lo injusto, en todo caso, es elevar a Estados Unidos a nivel de enemigo de la humanidad. Todo lo que se haga en aquel país será en perjucio de los demás pueblos. Los estadounidenses tienen que lidiar con el odio irracional de las personas. Se olvida que aquel país es un ejemplo de cómo la libertad hace crecer a un país. No es cierto que Estados Unidos haya crecido a costa de los demás. El desarollo norteamericano no se puede entender si no se toman en cuenta las ideas liberales sobre las que se fundó el país. Estados Unidos nació de una rebelión en contra del Estado inglés, que veía en sus colonias una fuente de financiamiento. Muy temprano, los estadounidenses comprendieron que vivir en una sociedad donde los impuestos son muy elevados y donde no hay libertad individual es una tragedia. Poner al individuo en primer plano debería ser la prioridad de toda nación. Más tarde, Estados Unidos no pudo - ni debía - estar al margen del mundo: finalizada la Primera Guerra Mundial, la Unión Americana se convirtió en acreedora de las potencias devastadas y en decadencia. En ese sentido, asilarse política y economicamente de los demás mercados supone un suicidio. Con el paso del tiempo la realidad iba cambiando y polarizándose ante el ascenso del colectivismo. Es cierto que las sociedades tienen derecho a autodeterminarse, pero también es cierto que el Estado no debe decidir cómo manejar la vida de los individuos. El ascenso del comunismo, como bien dijo Ludwig von Mises, no era más que la negación del individuo en la sociedad.

Esto tuvo que repercutir necesariamente a lo largo del mundo. En muchos casos los liberales - sobre todo los anarcocapitalistas - se olvidan de que, por más críticas legítimas se puedan lanzar a los gobiernos, la estructura mundial está regida por Estados y lo seguirá estando durante mucho tiempo más. Por eso existe la diplomacia, con el fin de que, para bien o para mal, se establezcan los términos de entendimiento o desacuerdo de las naciones. Las relaciones internacionales en materia política y económica no tendrían sentido sin un aparato diplomático: son puentes necesarios entre la economía interna y la externa, así como la política propia de los países. 

Es natural pensar que cada nación tiene distintos intereses. Es perfectamente legítimo y nadie podría estar en contra de esa afirmación - salvo algún anarquista irracional. Más allá del bien o del mal que esto pueda causar, es una tarea natural de los diplomáticos cuidar los intereses nacionales en tierras extranjeras. Esto es sobre todo cierto en un contexto globalizado como en el que vivimos actualmente.

La polémica desatada tras la aparición de documentos de Estado que Wikileaks reveló es muchísimo más estéril de lo que mucha gente cree. En realidad, los escándalos obedecen más a la paranoia antiamericana que a la razón. Es curioso, pues lo que se condena es que los embajadores estaudounidenses hagan su trabajo: analizar la realidad interna de los países y de las repercusiones que esto puede tener dentro de su propia nación. Eso es algo que, en teoría, deberían hacer todos los diplomáticos de todo el mundo. No es, de ninguna manera, un caso de espionaje ni de violencia en contra de la soberanía nacional. En México, por ejemplo, a diario se discuten temas migratorios de Estados Unidos y siempre se intenta influir en la legislación norteamericana: el gobierno, las secretarías, los intelectuales, todos emiten opiniones y recomendaciones y no por ello son condenados. Si, en cambio, Estados Unidos da su punto de vista sobre la política de Hugo Chávez o la inseguridad mexicana, entonces es visto como espionaje.

Esto no es nuevo y seguirá pasando. Cada vez que Estados Unidos, el así llamado imperio, diga algo, será criticado. Ellos, los paranoicos, olvidan que dentro de sus países se hace lo mismo. Pero ellos se sienten víctimas de la realidad y, por tanto, creen que tienen un derecho legítimo a hacer lo que condenan de Estados Unidos.
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viernes, 26 de noviembre de 2010

¡Libertad!™ - Ensayo ganador en Caminos de la libertad

Ahora sí, tras la premiación, éste es el ensayo con el que gané el primer lugar en la categoría de ensayo del segundo concurso Caminos de la libertad que organiza Grupo Salinas. Que no se me acuse, aquí en este círculo de radicales anarcocapitalistas perversos, de mi mesura a la hora de escribir un ensayo para una fundación liberal clásica.


Si de libertad se trata, mal empezamos si en la habitación donde se lee este ensayo hay un afiche del Che Guevara en alguna de las paredes. No hay que llevarse las manos a la cabeza en señal de vergüenza. La culpa puede ser circunstancial y no intencionada: en este mundo, donde unos cuantos han monopolizado la palabra libertad – los mismos que ostentan términos como independencia, las garras del imperio, explotación capitalista, neoliberalismo salvaje, proletariado, etc. –, es difícil escapar a las imágenes que para los latinoamericanos son la representación única y legítima de la liberación. ¿Cuál es su atractivo? ¿Por qué la concepción de la libertad y de una independencia pasa por la imagen de un guerrillero, fusil en mano, perdido en la selva imaginando un mundo diferente?

Debemos partir de una premisa: históricamente, tanto las clases políticas como la intelligentsia se han encargado de formar una consciencia de victimización. No es de extrañar que panfletos como Las venas abiertas de América Latina, del uruguayo sentimental Eduardo Galeano, sean objetos de culto entre intelectuales. Existe, pues, un grupo mayoritario que ha tratado de entender la identidad latinoamericana como la de un territorio oprimido desde que fue concebido como tal. De hecho, es recurrente el argumento de que las grandes potencias se han desarrollado a costa de los países tercermundistas de América Latina.

Hay a la luz de los acontecimientos un par de hechos irrefutables: la historia de Europa es una extensa tragedia que devino en democracia y progreso económico en la mayoría de los países que alguna vez fueron devastados por una guerra o una dictadura; la de América Latina es un vendaval que ha sido testigo de regímenes totalitarios a lo largo de sus años y que, aún en la actualidad, es propenso a caer en la seducción de la promesa de libertad, independencia, una identidad propia, al fin lejos de la influencia del resto del mundo. Es lógico adjudicar esta actitud latinoamericana al célebre complejo del derrotado, del oprimido. Si esto es así, entonces es difícil comprender por qué en los países de América Latina existen hoy en día numerosos ejemplos de Estados que ponen en entredicho la democracia y las libertades más básicas. Más sorprendente es que en aquellos países se hable de que su modelo de sociedad es, en realidad, uno que pretende buscar la máxima libertad e independencia. ¿Por qué los líderes de naciones como Venezuela, Bolivia o Ecuador sostienen con vehemencia que es sólo en aquellos países es donde se está construyendo un verdadero modelo alternativo que tiene como fin liberar, por fin, al pueblo y establecer la identidad legítima de la región?

No es exagerado afirmar, como ya habíamos adelantado, que un concepto inherente a la humanidad, como lo es la libertad, haya sido monopolizado por aquellos que, bajo el amparo de la ideología colectivista, buscan construir sociedades basadas en las ideas románticas que ponen por detrás de la colectividad al individuo. Los oprimidos necesitan ser víctimas de algo o de alguien, y para los líderes populistas de América Latina el victimario siempre será el exterior, lo que muchos llaman el imperio, pero también lo será el empresario, el burgués – ahora es más común hablar de la oligarquía –, el que, por alguna razón, parece no representar al verdadero latinoamericano. Habiendo analizado con cuidado ese argumento, sólo resta hacerse una pregunta: ¿y quién es ese latinoamericano legítimo?

En su lúcido ensayo, Dentro y fuera de América Latina[1], Mario Vargas Llosa afirma que «Una de las obsesiones recurrentes de la cultura latinoamericana ha sido definir su identidad»[2] y, con gran certeza, continúa con una opinión propia al respecto: «A mi juicio, se trata de una pretensión inútil, peligrosa e imposible, pues la identidad es algo que tienen los individuos y de la que carecen las colectividades»[3]. Es claro, pues, que el espíritu liberal e individualista no está del todo arraigado en la cultura de esta fracción del continente. No obstante, esto todavía no resuelve la duda que planteamos y a la que tenemos que añadir otra: ¿qué es lo que conforma la verdadera cultura latinoamericana?

La respuesta es compleja si de lo que se trata es de encontrar las raíces de esta sociedad. Hay tres explicaciones: la indigenista, la hispanista y la que, con mayor fortuna, engloba a las dos anteriores. La primera se ha cultivado últimamente en países con abundancia de indígenas, tales como México, Perú o Bolivia. La explicación hispanista nos dice que la cultura latinoamericana es esencialmente heredera de la Colonia y que, pese a las independencias, siguió presente a lo largo de todo Hispanoamérica, ya sea por el idioma, la gastronomía o la religión – y, en ese sentido, se puede afirmar que la independencia fue más bien política y que, en la mayoría de los casos, fue gestada por grupos criollos y acomodados que tenían mucho de hispanos. Es evidente que la mejor explicación es aquella que no ignora las tradiciones indígenas y que acepta que el legado hispano ha sido fundamental e incluso más notorio. Entonces, habiendo entendido esto, ya no es posible decir que el verdadero latinoamericano es aquel que, en palabras demagógicas, fue saqueado por aquellos conquistadores que sólo buscaban imponer su religión a un pueblo noble – cuando, en muchos casos, se ignora la naturaleza de imperios como el inca o el azteca. América Latina es una heterogeneidad de identidades en sí misma, inseparables la una de la otra. En el mismo sentido, con gran acierto, Johanna Losoya, en el libro Ciudades sitiadas, nos dice que «América Latina sitiada es un imaginario que para bien o para mal, tocando lo sublime o lo grotesco, invariablemente recurre a un escenario y narrativas históricos para legitimarse como idea»[4].

Por otro lado, el mundo latinoamericano del siglo XX se quedó sin el enemigo hispano y tuvo que buscar en otra nación en la cual depositar la responsabilidad de las tragedias locales. El elegido fue Estados Unidos, que después de la Primera Guerra Mundial se volvió uno de los grandes acreedores del mundo y una de las economías de mayor crecimiento. A pesar de la Gran Depresión, tras la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos pasó a ser el así llamado imperio, la nación más poderosa en cuestión militar, cuya influencia se comenzó a expandir por todo el globo. Los acontecimientos posteriores son harto conocidos: dictaduras de derecha a lo largo del continente, intervenciones en la política interna de muchos países, el ascenso del comunismo como principal fuerza opositora de las naciones capitalistas, la recién nacida guerra fría, intelectuales que releían a Karl Marx, jóvenes idealistas que buscaban un nuevo mundo libre de toda decadencia moral, el Mayo francés de 1968, la teoría de la dependencia, entre otras cosas. Todos esos factores se conjugaron en América Latina para el auge del pensamiento socialista.

Los latinoamericanos sintieron que por fin era posible liberarse de la corrupción y violencia de los Estados. En ese sentido, el paradigma de lucha y libertad fue la revolución cubana, que dio paso a líderes como Fidel Castro y Ernesto Guevara de la Serna, mejor conocido como el Che Guevara. Guerrillas, partidos comunistas, colectivos estudiantiles, protestas en las calles, escritores y poetas que expandieron las fronteras culturales de Latinoamérica, principalmente en Europa, y la admiración del viejo mundo por lo que se estaba haciendo en los países tropicales. Todos esos aspectos se volvieron seductores paran naciones enteras y tomaron la forma de estandartes de la libertad, de la revolución: la nueva y auténtica independencia a la luz del siglo XX.

Esto, cuando los ánimos se sosiegan, resulta más aterrador que romántico y loable. Y lo es porque basta con analizar la naturaleza de los regímenes socialistas de América Latina y la de sus líderes para comprobar que no hay tal cosa como libertad en lo que ellos claman. Sin duda uno de los mejores ejemplos es el del Che Guevara, quien hoy en día es visto como una de las personas más nobles de todos los tiempos, un Cristo armado como muchos siguen llamándolo, parafraseando a Jean Paul Sartre. Ernesto Guevara es irónicamente el mejor promotor de ventas para el negocio de la revolución. Álvaro Vargas Llosa inicia contundentemente su artículo La máquina de matar: El Che Guevara, de agitador comunista a marca capitalista:

El Che Guevara, quien hizo tanto (¿o tan poco?) por destruir al capitalismo, es en la actualidad la quintaesencia de una marca capitalista. Su semblante adorna jarros de café, caperuzas, encendedores, llaveros, billeteras, gorras de béisbol, tocados, bandadas, musculosas, camisetas deportivas, carteras finas, jeans de denim, té de hierbas, y por supuesto esas omnipresentes remeras con la fotografía, tomada por Alberto Korda, del galán socialista luciendo su boina durante los primeros años de la revolución, en el instante en que el Che de casualidad se introdujo en el visor del fotógrafo—y en la imagen que, treinta y ocho años después de su muerte, constituye aún el logotipo del revolucionario (¿o del capitalista?) “chic”. Sean O''Hagan sostuvo en The Observer que existe incluso un jabón en polvo con el eslogan "El Che lava más blanco."[5]

Es tanta la atracción que genera el Che, que es riesgoso intentar sacar a la luz lo totalitario de su pensamiento. Ernesto Guevara es en realidad el paradigma de la afrenta que el socialismo significó para la libertad en América Latina: dictaduras tropicales que sumieron a muchos países en la pobreza, reformas agrarias que, como en el caso de Perú durante el régimen del general Velasco Alvarado, sólo colapsaron la productividad en el campo; control de los medios de comunicación, y lo que es más grave, la apropiación y posterior monopolización de las ideas de libertad e independencia. Durante los primeros años del régimen de Fidel Castro, el Che fue designado director de la prisión de La Cabaña, donde, según testimonios de sobrevivientes, los fusilamientos eran recurrentes. Álvaro Vargas Llosa nos dice lo siguiente: « ¿Cuánta gente fue asesinada en La Cabaña? Pedro Corzo ofrece una cifra de unos doscientos, similar a la proporcionada por Armando Lago, un profesor de economía retirado que ha compilado una lista de 179 nombres como parte de un estudio de ocho años sobre las ejecuciones en Cuba»[6]. Para 1959 y hasta 1961, el Che fue el encargado del Banco Nacional, y a él se deben el racionamiento y el colapso de la producción de azúcar tras aplicar diversas medidas que planificación central. Más tarde es conocida su fallida incursión militar en el Congo, de donde fue expulsado por ser considero una persona non grata por los mismos pobladores. A pesar de estos antecedentes, y de los asesinatos que él mismo confiesa en sus diarios haber perpetrado, el Che Guevara sigue siendo el símbolo de toda una generación. Pero sobre todo, aquellos que hoy ostentan la autoridad moral sobre temas de libertad son los mismos que descienden de una tradición violenta y de un modelo que, tras ser aplicado en la realidad, supone la coacción e incluso el terror.

¿Qué hace atractivo a este pensamiento? Karl Popper, en su obra magna La sociedad abierta y sus enemigos, ofrece una buena explicación: « ¿Por qué estas filosofías sociales se vuelven contra la civilización? (...) ¿Por qué atraen a tantos intelectuales? Personalmente me inclino a creer que la razón reside en su deseo de dar expansión a una insatisfacción profundamente arraigada, frente a un mundo que no se acerca, ni lejanamente, a nuestros ideales morales ni a nuestros sueños de perfección. La tendencia del historicismo a defender la rebelión contra la civilización puede obedecer al hecho de que el historicismo es en sí mismo, con mucho, una reacción contra el peso de nuestra civilización y su exigencia de responsabilidad personal»[7].

¿Es América Latina una historia sombría y una tragedia irresoluble? La turbulencia política después de las independencias, las constantes sucesiones presidenciales, las guerras civiles, las sociedades cerradas, la pobreza, las revoluciones, las dictaduras socialistas y las de derecha, los nuevos intentos por terminar con la frágil democracia, son factores que llevan al pesimismo. A pesar de esto, ha habido momentos lúcidos. Por ejemplo, el liberalismo en América Latina supuso la independencia del individuo frente al clero y, en cierta medida, al Estado.

Se puede pensar que las décadas de los sueños en Latinoamérica quedaron atrás y que hoy muchos países, en mayor o menor medida, están insertos en la era de la globalización y la democracia liberal. Ésta es una percepción engañosa. En la actualidad, si bien se ha aceptado la economía de mercado y los procesos democráticos tienen una continuidad que antes no tenían, existen aún varias dudas sobre el devenir de América Latina. De no ser así, ¿entonces por qué el emprendedor es estereotipado como el villano de todo el entramado de la sociedad? La respuesta que ofrece Popper parece más que convincente.

Existen, por otro lado, casos exitosos que devuelven el optimismo. Chile, como muchos otros países de la región, optó por la vía socialista. Con Salvador Allende, en cuestión de pocos años, dada la nula viabilidad económica de dicho sistema, la hiperinflación fue una constante en el país. Por otro lado, la lucha ideológica, en el marco de la guerra fría en la que la batalla entre  anticomunistas y anticapitalistas era debate diario, propició el clima violento para que el general Augusto Pinochet tomara el poder mediante un golpe de estado. El resultado es bien conocido: una recuperación económica ensombrecida por miles de desaparecidos y un régimen que se olvidó de las libertades sociales. Lo que parecía otro momento perdido pasó a ser un caso de éxito: habiendo sido depuesto Augusto Pinochet por la vía democrática, las fuerzas políticas chilenas encontraron un margen de consenso que permitió al país, en cuestión de años, ser una de las economías más dinámicas y con menor cantidad de pobreza. El individuo, libre, independiente, por fin emancipado, sin necesidad de guerrillas, de dos regímenes de opresión, encontró un marco de acción que, sumados los millones de habitantes, fundamentó el despegue del país en el contexto nacional y global. No es raro que en estudios recientes, Chile sea siempre el primer lugar en libertad económica en la región y uno de los primeros diez en el mundo.[8]

La experiencia histórica ha demostrado que el individuo libre es la base de las sociedades prósperas. La actualidad exige una redefinición de conceptos tales como la independencia. Ella, en este nuevo siglo, debe implicar, ante todo, autonomía del hombre frente a grupos que inherentemente suponen coacción para explotar su capacidad emprendedora. Así pues, creer que  tanto la independencia como la libertad es derrotar a un ejército enemigo,  nacionalizar algunas empresas y ponerle un nombre propio al país, es reducir la cuestión a una caricatura, pecar de simplismo y vivir atados a una actitud anacrónica que requiere ser actualizada con urgencia para así enfrentar los retos del siglo que, poco a poco, se va construyendo.

El verdadero instrumento de la libertad son las ideas y en eso América Latina es especialmente vasta. Así como su adicción es imaginar, este aspecto ha sido el que ha generado las numerosas expresiones artísticas que posicionaron a Latinoamérica como una de las zonas con mayor y más interesante producción. Desde autores que, nutridos por la experiencia internacional y las culturas germánicas, como Borges, hasta escritores profundamente latinos como Mario Vargas Llosa o más recientemente Roberto Bolaño, América Latina sigue mostrándose como un territorio de imaginación que se extiende de manera infinita.

Si, entonces, Latinoamérica es abundante en ideas, haciendo uso de ellas podemos decir que independencia y libertad no son guerrilla ni un enemigo que ha alcanzado el desarrollo económico antes que nosotros; independencia y libertad son un poema, una empresa por crear, un proyecto a emprender. Es sólo así como es posible devolver la libertad a su estado primigenio, desmonopolizarla y, por fin, volverla del dominio público.


[1] Basado en una conferencia leída en la Universidad de Humboldt con motivo de la concesión del Doctorado Honoris Causa. Berlín, 13 de octubre de 2005.
[2] Vargas Llosa, Mario (2009). Sables y Utopías. Dentro y fuera de América Latina. pp 348.
[3] Ibíd.
[4] Losoya, Johanna (2010). Ciudades sitiadas.
[5] Artículo publicado en el Independent Institute en junio de 2005. http://www.elindependent.org/articulos/article.asp?id=1535
[6] Ibíd.
[7] Popper, Karl. La sociedad abierta y sus enemigos. pp 19. Por historicismo, Popper se refiere a la doctrina que, partiendo de Hegel y Marx, inspiró a muchos pensadores a creer que la historia está determinada por leyes. Marx, por su parte, creyó desentrañar estas leyes históricas, proponiendo que el socialismo es la etapa que ha de seguir inevitablemente al capitalismo por medio de la revolución de la clase trabajadora.
[8] Ver el Índice de libertad económica para el año 2010 que The Heritage Fundation realiza: http://www.heritage.org/index/country/Chile
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domingo, 21 de noviembre de 2010

Los caminos de la libertad para Latinoamérica



Este año gané el primer lugar en el segundo concurso Caminos de la libertad para jóvenes en la categoría ensayo por mi texto ¡Libertad!™. El tema, en el marco del bicentenario de Méjico y otras tantas naciones latinoamericanas, era la libertad relacionada con la independencia, ya sea a nivel personal o entre países. La temática me pareció desde un principio algo caprichosa y no demasiado atractiva. Supuse que casi todos escribirían alguna oda a la independencia y la verdad es que no me equivoqué. En todo caso decidí participar con un ensayo que hace una revisión crítica de todos los socialistas que, por alguna razón fuera de todo sentido común, se han apropiado de las palabras "libertad" e "independencia" para transformarlas en parte de su ideario demagogo, populista, victimista y cursi. Cuando en América Latina hablamos de libertad, muchos se imaginan al Che Guevara posando para Alberto Korda o a Fidel fumando su habano tras tomar el poder. Pasa casi lo mismo con la independencia: el héroe en turno es siempre transformado en una especie de santo del pueblo que lucha por todos los desposeídos. Nada más fuera de la realidad: el Che fue un asesino, Fidel un dictador que hizo que Cuba colapsara y los independentistas fueron más bien burgueses.

El latinoamericano suele llevar tatuado en la piel el lema "¡Viva mi miseria!". Es una especie de orgullo triste de nuestra tierra. Sabemos que somos grandes, que nuestros países son ricos en muchos sentidos, pero tenemos una afinidad patológica a sentirnos las víctimas de la historia y de la opresión. América Latina trata de legitimarse a sí misma en la derrota y es por eso que tanta gente acepta la idea de que si no nosotros somos pobres es porque alguien creció a costa de nosotros; primero fueron los españoles y después Estados Unidos. Para muestra hay varios panfletos sentimentales y antiamericanos como Las venas abiertas de América Latina: podríamos ser el más próspero de los territorios pero alguien vino y nos arrebató la riqueza y trató de eliminar lo bello de nuestras tierras.

La glorificación del pasado y de los habitantes originarios es algo que últimamente se ha puesto de moda. El indigenismo ha venido a reivindicar a un grupo que sufrió la explotación y evangelización del español. Esos indígenas hoy son vistos como héroes, como nuestra esencia más profunda. Esto es sobre todo cierto para países como Méjico, Perú o Bolivia, donde la población india es especialmente elevada. 

Más que todas estas fantasías cursis de los latinoamericanos - dellusions es una palabra perfecta -, a mí lo que me preocupa es lo que la nueva generación entiende por libertad e independencia. Aunque uno tienda a resignarse a los vicios de un país, siempre hay un dejo de esperanza por los que vienen. Quizá ellos, de alguna forma, puedan cambiar el pensamiento y construir algo mejor. Me temo que estamos lejos de que eso ocurra en América Latina. Una buena muestra de ello es el concurso en el que participé.

Los perdedores abrieron un grupo de Facebook para compartir sus obras: ensayos, poemas, cuentos, videos, música y fotografía. Hay de todo: collages que son videos conspiracionistas sobre el nuevo orden mundial, poemas sobre lo malo que es el dinero y todo lo relacionado con la riqueza, y textos que, como lo sospeché, hablan de cuán glorioso fue el movimiento de independencia, entre otras cosas porque reivindicó al pueblo mejicano, más que nada a los nobles indígenas.
Me temo que toparse con la realidad sería muy doloroso para esas personas. La historia de bronce es anacrónica y carece de todo sustento. Los movimientos de independencia fueron burgueses, gestados por grupos criollos en un contexto de fragmentación y pérdida de poder en España. En el caso de Méjico, fue el cura Hidalgo quien utilizó a campesinos e indígenas para la lucha armada, no porque él sintiera suya la deuda histórica con esos pueblos, sino porque no había de otra. El resultado fue desastrozo: nunca se vio tanta violencia en tan poco tiempo y probablemente no hubo un peor estratega en la guerra de independencia que Miguel Hidalgo, quien logró fragmentar al ejército insurgente, lo que más tarde culminaría con su captura.

Una de las preguntas que me hacía en el ensayo era sobre la identidad latinoamericana. Tal y como dice Vargas Llosa, la identidad es algo exclusivo de los individuos y de lo que carecen las colectividades. Hoy por hoy hablamos español y la comida tiene más de europea que de indígena. El pasado tampoco es glorioso: la conquista se debió no sólo a la tecnología española, sino también a la fragmentación en la sociedad india. Si en México fueron los indígenas oprimidos por el imperio azteca los que se unieron a los conquistadores, en el Perú los españoles se encontraron con un pueblo inmerso en una guerra civil que había fracturado los cimientos del imperio incaico. No se trató sólo de la ingenuidad de los aztecas, que en Cortés vieron a Quetzalcóatl, ni de la bondad de Atahualpa que se dejó engañar por Pizarro. Las sociedades no eran libres ni magníficas. Eran, a lo sumo, sociedades con vicios como cualquier otra. Querer extraer algo romántico y desagarrador de todo esto puede, a mi juicio, resultar peligroso.

América Latina quizá progresaría más si dejara de echar mano de ese imaginario victimista con el que busca justificarse a sí misma. Hace mucho tiempo la historia nos demostró cómo las sociedades más avanzadas son las que entienden que la independencia que debemos de buscar es la del individuo frente a todos los grupos de coacción - sobre todo el Estado -, y no la que muchos sueñan en la selva y los fusiles. Si Latinoamérica insiste en imaginarse víctima de la historia, entonces seguiremos engendrando opresión y mayores afrentas a la libertad, siempre encadenados a esa miseria que parecemos amar.
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