Éste es el ensayo con el que gané una mención honorífica en el concurso
Caminos de la libertad para chavos. Según el contrato que me hicieron firmar, creo que no tengo derechos sobre mi obra, pero, qué cosas de la vida, éste es un blog anarcocapitalista que no cree en la propiedad intelectual ni en las patentes.
Claro, no me dieron ningún premio monetario porque 1) me calificó un escritor mejicano de izquierda - y se suponía que era un concurso liberal (¿?) -, 2) querían poemas y cuentos porque difundir ensayos para jóvenes es muy difícil en este país de gente que ni leee y que ni de poesía ni de narrativa entiende (pero obviamente es más divertido leer un poema cursi que un ensayo económico), 3) querían representar con los ganadores las exigencias de la gente de mi edad (sexo, grafitear, sexo, sexo gay, arte, libertad sexual) y a mí me importaba la propiedad privada, 4) siendo sinceros, en estos tiempos de crisis casi nadie cree en el libre mercado.
En fin, aquí va:
Freedom is indivisible. As soon as one starts to restrict it, one enters upon a decline on which it is difficult to stop.
LUDWIG VON MISES
The Marxians love of democratic institutions was a stratagem only, a pious fraud for the deception of the masses. Within a socialist community there is no room left for freedom.
LUDWIG VON MISES
Recuerdo con gusto la que es acaso la mejor novela del siglo pasado escrita por un autor latinoamericano:
La guerra del fin del mundo de Mario Vargas Llosa. En ella se relata el devenir de Canudos, un pueblo de gente pobre que es comandada por Antonio Conselheiro, un líder que, apoyándose de la religión, forjó una suerte de comunidad socialista en la espesura de las selvas de Bahía. Hacia Canudos marcha Galileo Gall, un anarquista escocés que, salvo por los tintes religiosos de la insurrección, ve en este pueblo un ideal de libertad y felicidad. Dicho movimiento se da en el marco de la reciente instauración de la república en Brasil. Toda la historia que Vargas Llosa teje, con sus múltiples vertientes como ya es característico de su prosa, como si de afluentes de un gran río se tratase, y que se basa en un hecho real, es muestra de una gran tragedia de nuestro tiempo: la libertad que está a merced de los líderes carismáticos – como los definiera Weber –, los ideales románticos cuyo disfraz políticamente correcto de emancipación no es sino una capa atractiva que esconde una naturaleza peligrosa.
Por otro lado, esta novela no sólo nos advierte implícitamente que el caudillismo es una de las barreras principales que, de vez en vez, se erigen en las sociedades. También en el fondo de la narración yace la idea de que sin propiedad privada – entendida como base de la libertad de mercado, pero también de ideas, expresión y autodeterminación de la propia individualidad – las sociedades están condenadas a vagar por los caminos más brumosos e inciertos.
Hay una tradición muy bien identificada que se opone ferozmente a estos preceptos, y no es otra que la que viene de Marx: el espíritu colectivista que haya sus orígenes en la retórica materialista y socialista. Casi sin darnos cuenta, estos argumentos en contra de la libertad siguen en boca de líderes que, en nombre de la justicia, claman por una manera nueva de organizar el mundo. Esto, no obstante, sería un revés a lo que ya un pensador norteamericano nos había comentado:
En
El fin de la Historia y el último hombre, publicado en 1992, Francis Fukuyama estableció que, tras la caída del muro, la lucha de ideologías había acabado y que la democracia liberal había resultado el único tipo de organización de la sociedad viable. Comentaba, en oposición a las tesis marxistas y materialistas, que hasta antes del derrumbe de la cortina de hierro el motor de la historia no había sido la lucha de clases, sino de ideologías. Superado el comunismo, lo único que restaba para las nuevas generaciones sería consolidar el aparato institucional que salvaguarde la democracia liberal.
Hablando de batallas, el siglo pasado fue especialmente importante. Una de las grandes pulsiones del hombre, a lo largo de la historia, ha sido la lucha por la libertad. Antes la gran muralla a la que los individuos tenían que enfrentarse era el esclavismo, pero ahora los retos son fundamentalmente distintos y llenos de matices. De hecho, la libertad ha sido entendida de tantas manera que ahora resulta difícil volver a la acepción original de la misma.
Vale la pena detenerse en este punto y regresar más tarde. A decir verdad, el término liberal, al menos en los países latinoamericanos y de habla inglesa, es de una ambigüedad aterradora. Para el mexicano un liberal es aquel con posturas de izquierda y que defiende la libre asociación sentimental y sexual, que por antonomasia se opone al espíritu conservador que hoy se llama, también de manera vaga, neoliberalismo, con todas las ideas económicas que éste propone. Atrás quedó la idea que venía defendiéndose desde la época de Adam Smith, donde el liberal era profundamente contrario a la coacción de los estados y un defensor a ultranza de la propiedad privada.
Es claro que la libertad no puede reducirse a un solo ámbito, sino que debe abarcarlo todo, impregnar a la sociedad en su totalidad. Precisamente aquí está la primera afrenta que, en nombre de esa tradición marxista, tuvo que sufrir la libertad. El socialismo fue l
a búsqueda de la emancipación de la clase obrera de las garras del capital. Por razones históricas – y quizá sobre todo de retórica – se legitimó esta lucha hasta que se recompuso el significado de la libertad.
No es sorpresa que la corrección política tenga siempre que ver con esta causa algo romántica – en el verdadero sentido europeo de la palabra, tal y como la literatura de aquel entonces: un afán desesperado por huir de la gran ciudad y aferrarse a una vida menos asfixiante que, curiosamente, siempre devino tragedias. Desde el socialismo utópico hasta el científico ya había estas ansias de cambiar la realidad y buscar no tanto la libertad sino lo justo e igualitario, como bien dice la máxima marxista:
De cada cual según su capacidad; a cada cual según sus necesidades. Este afán de justicia social se puso en contra del individualismo y favoreció al espíritu colectivo, que ya venía implícito en la definición marxista de lo que él llama las relaciones sociales de producción.
Para tales efectos, la herramienta de esa búsqueda de la igualdad se cimentó en el Estado. Si bien es cierto que el comunismo planteaba la desaparición de las clases sociales con la consecuente muerte del Estado, ése debía construirse mediante un medio distinto de operar la sociedad: socializar la propiedad privada y planificar la economía por medio de un órgano central que sería el Estado obrero.
Sobre la propiedad el gran economista austriaco Ludwig von Mises – quizá el más olvidado y el más brillante del siglo pasado – dijo:
Si la historia nos pudiera enseñar algo, nos enseñaría que la propiedad privada está inseparablemente ligada a la civilización. No es sólo la tenencia de medios de producción o mercancías, sino de algo espontáneo que los hombres adoptan para sí. Propiedad privada implica no sólo materia, sino ideas, pensamientos, una capacidad innata para interactuar con nuestros semejantes. Como tal, la vida y el pensamiento son la propiedad última que ningún régimen puede quitar.
Muchas veces se tiende a desestimar el papel vital que en la sociedad juega la libertad económica, lo cual en sí mismo es una contradicción irresoluble para todos los regímenes que buscan limitar este derecho fundamental y espontáneo. La meta de todo aquel que busca la libertad es aprehenderla y entender que el binomio de los dos planos de libertad – social y económica – son los pilares del desarrollo de los hombres.
El colectivismo es una barrera al hombre emprendedor que, en su búsqueda por la libertad, fue en algún momento oprimido en nombre de una pretendida igualdad que se tradujo en el totalitarismo de las naciones que se escondieron al este de la cortina de hierro. No es que jamás haya existido el verdadero socialismo como muchos románticos dicen, sino que sencillamente el error teórico que supuso el colectivismo como valor moralizador de la sociedad fue el encargado de mostrar la cara que adopta la realidad cuando un principio tan fundamental para el hombre, como la propiedad, es limitado. Así pues, el de Marx y sus herederos fue un largo periplo a través de la historia que desembocó en la hegemonía totalitaria de la Unión Soviética.
Hoy que tanto se dice que se ha agotado un modelo habría que pensar si realmente estuvo presente la maquinaria de la libertad en el entramado económico y político. Las crisis, las catarsis de todo un sistema, no son la prueba inequívoca de la inutilidad del mercado o la propiedad, sino la muestra de que cada día hay entramados más complejos que afectan el funcionamiento mismo de la acción de los mercados. Sin ahondar en el tema, es muy interesante lo que el economista español Jesús Huerta de Soto – heredero de Mises – explica al rastrear las crisis en la manipulación del mercado de dinero por medio de políticas de crédito expansivas – o de crédito barato –, lo que es un signo inequívoco de una tradición que parece retomar la idea de la planificación central de un sector de la economía como algo vital.
¿Quiere decir esto que con la caída del muro – como metáfora de toda una generación luchando – se han terminado las batallas que los individuos tienen que librar para ganar la libertad? Sería muy ingenuo pensar que sí, que éste es un fin de la historia definitivo. América Latina es muestra de los grandes asuntos pendientes: es como un espejo en el que se reflejan las figuras de los nuevos líderes carismáticos que, retomando las viejas doctrinas que dividieron el mundo, se muestran como los nuevos representantes de aquellos ideales inspirados en figuras como Fidel Castro o el mismo Ernesto Che Guevara – máxima insignia de la intolerancia divinizada de la que los sentimentales se han enamorado a tal grado de volverlo la imagen que mejores ganancias deja en el mercado de las camisas que muestran su imagen altiva y mirando hacia el horizonte.
Lo que yace en la mesa de nuestra sociedad es la duda de si Latinoamérica no ha llegado demasiado tarde a la historia, si, por alguna razón, se prepara para vivir una suerte de guerra fría atrasada, al menos en el plano de las ideologías con la clara división de las dos grandes tendencias. Quizá éste sea sólo un capítulo en la gran novela de los hombres y la libertad que la nueva generación de liberales debe protagonizar.
Aquí es precisamente donde entra en juego el papel de los jóvenes para determinar el devenir de la sociedad.
Hablando a título personal, mi generación ya no recuerda la guerra fría porque ni siquiera tuvo que vivirla. Esta juventud
postmuro es especialmente interesante porque ha crecido en un ambiente más libre, acaso menos sombrío, pero que a la vez ha terminado por despolitizar y borrar esos ideales de sociedades perfectas, por lo menos en el aspecto más general de lo que somos. El genial escritor mexicano Álvaro Enrigue decía en una entrevista que, en general, las personas tras la caída del muro se han dosificado y entibiado. Haciendo referencia al título de la obra de Fukuyama, probablemente éste sea el espíritu general de los últimos hombres.
Aquí hay dos matices que se pueden extraer del cuerpo del sentimiento contemporáneo de los jóvenes. El primero es que resulta positivo el hecho de habituarse a una sociedad donde lo que prima es el orden institucional y no la violencia para decidir la manera en que todo el ámbito social debe organizarse; lo segundo, en contraposición, es que se genera un clima confortable donde pareciera que ya no es necesaria esta fuerte carga ideológica en las mentes jóvenes. Precisamente, habría que resarcir este segundo aspecto, pues de lo contrario las personas serían siempre vulnerables a la aparición de líderes carismáticos que, aprovechándose de esa apatía, pueden tener la capacidad de esbozar una nueva afrenta a la libertad.
El caso latinoamericano es esquemático y esclarecedor: la figura de Chávez, como antítesis de la democracia y sobre todo la libertad, retoma las viejas ideas de justicia social, apoyado en el sentimentalismo latino, para argumentar un mundo diferente
libre de las garras del capital y – aquí es donde aporta algo nuevo y que ha puesto de moda – del imperio.
La juventud, en todo caso, parece no haber sido tomada del todo desprevenida, ya que es común encontrar proclamas por la libertad en este clima de coerción.
Los jóvenes están rodeados de un mundo donde ya todo es diferente y las formas de expresión adoptan las facetas más inesperadas y creativas: la poesía, por ejemplo, puede ser incluso un esténcil huérfano en una gran avenida. Esta creatividad es la que permite, en primera instancia, divisar el camino de la libertad.
Finalmente este concepto que ya tanto hemos caracterizado – tanto en sus acepciones económicas, como políticas, sociales e incluso, en un breve guiño, artísticas – puede ser en sí misma una gran metáfora: decir que, por ejemplo, es como un gran huracán que toma con su furia los muros de un enorme laberinto en el que el hombre que buscaba la salida puede ahora ver en todos los espacios una posibilidad. De eso se trata la batalla de los hombres en el marco de los constantes embates de aquellos que, de las cenizas de un trágico pasado, quieren elevar un nuevo conflicto contra nuestro estado más natural y fundamental: la libertad individual.